¿Desarrollo para quién? Soberanía alimentaria y nuevas formas de dependencia

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Development for Whom? Food Sovereignty and New Forms of Dependence

Resumen

Una reflexión crítica sobre desarrollo, apertura comercial, soberanía alimentaria, extractivismo y autonomía territorial.

Summary

A critical reflection on development, trade liberalization, food sovereignty, extractivism, and territorial autonomy.

Antes de hablar de crecimiento económico, competitividad o inversión extranjera, deberíamos preguntarnos qué entendemos por desarrollo, quién lo define y desde qué concepción del territorio, del bienestar y de la relación entre sociedad y naturaleza.

Reconocer que existen distintas formas de comprender y habitar los territorios no significa romantizar la pobreza ni justificar el hambre, la mortalidad prevenible, la falta de agua potable, la exclusión sanitaria o la imposibilidad material de decidir sobre la propia vida. El desarrollo debe garantizar condiciones dignas de existencia sin imponer una única manera de entender el bienestar.

Sin embargo, en Colombia hemos construido un modelo económico que parece avanzar en dirección contraria. Los tratados de libre comercio, suscritos bajo profundas asimetrías productivas, han contribuido a debilitar nuestra autonomía agropecuaria. Primero profundizamos la dependencia del maíz y la soya importados, fundamentales para producir pollo, huevos y carne de cerdo. Ahora, con el desmonte progresivo de las barreras arancelarias sobre productos como el arroz y la leche, exponemos a nuestros productores a competir en condiciones estructuralmente desiguales, comprometiendo no solo sus ingresos, sino nuestra soberanía alimentaria.

Resulta paradójico que, en nombre del desarrollo y de los beneficios del comercio internacional, terminemos debilitando la capacidad de producir nuestros propios alimentos. La aparente ventaja de importar más barato puede ocultar costos mucho mayores en empleo rural, capacidades productivas, dependencia económica y pérdida de autonomía territorial.

Y mientras deprimimos el campo, fortalecemos un modelo que encuentra en la extracción de recursos naturales una respuesta recurrente a nuestras necesidades económicas. Se configura así una geopolítica del despojo y de nuevas formas de colonialismo productivo, en la que entregamos recursos estratégicos, concentramos los beneficios fuera de los territorios y asumimos las externalidades que el mercado no reconoce. La contaminación, las enfermedades, el deterioro de los ecosistemas y la pérdida de fuentes de vida terminan siendo costos soportados por las comunidades y las generaciones futuras.

No se trata de rechazar el comercio internacional ni de negar la necesidad de inversión, sino de cuestionar un modelo que puede convertir la integración económica en subordinación productiva y la riqueza natural en dependencia. Un país no se desarrolla verdaderamente cuando pierde la capacidad de alimentarse, decidir sobre sus territorios y proteger las condiciones que sostienen la vida.

Quizás el problema más profundo sea que hemos confundido crecimiento con desarrollo y apertura económica con bienestar. Mientras celebramos nuestra inserción en los mercados globales, corremos el riesgo de entregar progresivamente la soberanía desde su fundamento más elemental, la tierra, el agua, los alimentos y la capacidad de decidir colectivamente sobre nuestro futuro.

¿Estamos construyendo un país desarrollado o simplemente uno que entrega sus riquezas, importa sus necesidades y asume las consecuencias de decisiones tomadas en función de intereses ajenos a sus territorios?

Archivo académico personal. Las opiniones expresadas en los análisis pertenecen a su autor y no representan posiciones institucionales.